La privatización de la guerra

Históricamente, y a pesar de sus evidentes connotaciones negativas, las guerras sirvieron para impulsar innovaciones que luego transformaron la sociedad. Sin embargo, en los conflictos actuales comienza a observarse algo cualitativamente distinto: muchas de las tecnologías clave no nacen en el ámbito militar, sino en el ecosistema tecnológico civil. Esta inversión del orden no es un dato menor: significa que la infraestructura crítica de la guerra pertenece, cada vez más, a empresas privadas globales con sus propios valores, intereses comerciales y —algo inédito hasta hace poco— con capacidad real de influir en el curso de un conflicto armado.

La guerra entre Ucrania y Rusia fue el primer campo de batalla de proporciones en el cual los satélites LEO tuvieron participación. Y su rol fue transformador: permitieron desplegar una infraestructura de comunicaciones resiliente que alcanzó todos los rincones de las zonas en conflicto. Una red invisible, pero omnipresente. En términos prácticos, el uso de Starlink posibilitó coordinar unidades dispersas, operar drones a gran distancia y transmitir de forma inmediata imágenes e información de inteligencia, entre otros usos conocidos. A partir de entonces, el campo de batalla pasó a estar completa y continuamente conectado.

Pero más allá de su impacto operativo, el uso de Starlink inauguró la dependencia de la guerra moderna de la infraestructura espacial privada. Y este es un dato de no menor importancia. Hay que recordar que, en los inicios del conflicto, el CEO de SpaceX, Elon Musk, limitó el uso de Starlink para ciertas operaciones militares —llegó incluso a afirmar que Zelenski era un dictador—, generando incertidumbre sobre si esa infraestructura seguiría estando disponible. Conceptualmente, se introdujo una novedad significativa: un actor privado podía influir directamente en la conducción de una guerra. Una situación que llevó a que distintos países —los de la Unión Europea, Taiwán, China y otros— comenzaran a planear sus propias constelaciones LEO para no quedar subordinados a las decisiones de un privado con objetivos e intereses propios.

Más recientemente, el conflicto en Gaza incorporó una nueva “arma” al arsenal bélico: la inteligencia artificial. Por primera vez, al menos de forma documentada y a escala, la IA fue utilizada en la selección de objetivos y la planificación de ataques. Israel desplegó sistemas como Lavender y Gospel, capaces de generar listas de blancos militares procesando volúmenes masivos de datos de inteligencia en minutos, una tarea que antes demandaba días de trabajo humano. Esto introduce un cambio conceptual de fondo: el cuello de botella de la guerra ya no es la información, sino la capacidad de procesarla.

Esta capacidad llevó a las plataformas de IA a jugar un rol esencial en el actual conflicto bélico entre Israel y los EEUU frente a Irán. Las mismas son utilizadas para tareas tan disímiles como el análisis de información, la gestión de material clasificado, la planificación de operaciones o el guiado de armas. Pero a diferencia de Israel, cuyas plataformas de IA fueron desarrolladas por los militares, en los EEUU la plataforma de IA es de origen privado. En el Pentágono recurrieron a “Claude Gov”, una versión del modelo Claude diseñada por Anthropic para operar dentro de redes clasificadas, procesar documentos secretos y analizar imágenes satelitales.

La utilización de una plataforma privada dio lugar a la disputa que estalló cuando Anthropic se negó a eliminar las restricciones que impiden a Claude ser utilizado en sistemas totalmente autónomos —es decir, que seleccionan y atacan objetivos sin intervención humana—. La reacción del Departamento de Defensa de los EEUU fue designar a la empresa como un “riesgo para la cadena de suministro”, una etiqueta que hasta entonces se reservaba para equivalentes de países adversarios como China o Rusia. Esto implica dejar de usar Claude Gov. Pero frente a un conflicto militar en curso y con una utilización muy integrada al workflow militar, no será en lo inmediato.

Lo novedoso en los conflictos bélicos recientes no es solo el tipo de tecnología empleada, sino el origen y la titularidad de esa tecnología. Antes, los Estados desarrollaban capacidades militares que luego “derramaban” al mundo civil, donde casos como la propia Internet, el GPS o el microondas son ejemplos clásicos. Ahora comienza a darse un proceso inverso: tecnologías nacidas en el sector privado terminan siendo decisivas en el campo de batalla. Pero lo más significativo es que ya no se trata de herramientas que el Estado compra y controla, sino de plataformas que siguen siendo propiedad y responsabilidad de sus creadores privados. Se configura así un escenario sin precedentes en el cual la soberanía militar de un Estado puede quedar condicionada a la decisión de una empresa privada. ¿En qué manos está, en última instancia, el poder de hacer la guerra?

Acerca del autor

Enrique Carrier

Analista del mercado de telecomunicaciones y nuevos medios, basado en Buenos Aires, Argentina

Por Enrique Carrier

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