Consolidación audiovisual

Las recientes noticias sobre la venta de WBD (Warner Brothers Discovery), ya sea a través del acuerdo alcanzado con Netflix o a través de la oferta hostil de Paramount hacia los accionistas, dejan varios elementos para analizar y considerar.

Ya sea a través de uno u otro interesado, hay un aspecto en común: responde a una tendencia previsible hacia la consolidación de la oferta audiovisual global. Desde que arrancó el fenómeno de los OTT de video, con Netflix como abanderado, se sabía que la atomización inicial —con cada gran jugador en el negocio de los contenidos aspirando a una plataforma propia que llegue directo al consumidor— terminaría indefectiblemente en un proceso de concentración y consolidación. Es un negocio de altos costos por el factor contenidos (sean de producción propia o de licencias), que por lo tanto requiere escalas para ser sustentable. Adicionalmente, desde la perspectiva del consumidor, una oferta muy fragmentada termina en frustraciones (lo que quiere ver está en una plataforma que no se contrata) o en un gasto mensual significativo por la acumulación de diversas suscripciones. De hecho, en los EE.UU., prácticamente 2 de cada 3 adultos paga un abono de streaming, con un gasto promedio por hogar en distintos abonos que alcanza los US$90 mensuales. Eso sí, tanto la generación Z como los millennials han reducido sus gastos en este rubro, lo que también puede ser un indicador de su devenir. Un hecho no menor que no debería dejarse de lado en el análisis.

Este proceso de consolidación se confirma con el hecho de que Netflix y Paramount tienen en común ser actores de este mercado. O sea, que su cambio de manos no significaría el ingreso de un nuevo participante, sino la consolidación de los existentes. Algo parecido a lo que está sucediendo con las telecomunicaciones [ver “Consolidación testigo“].

Aunque comprensible dentro de un marco en el que más competencia es percibida como algo positivo, no deja de ser curioso que entre quienes se oponen a la venta de WBD —especialmente si es a manos de Netflix— argumenten que hay que “proteger” al consumidor. La reducción de alternativas sería objetable si una suscripción a un servicio de streaming fuera excluyente. Pero no lo es, por lo que nada impide que un consumidor esté suscrito a más de una plataforma. Pero aún en el caso de que una plataforma acumulara más contenidos por un proceso de compra, desde el punto de vista del consumidor significaría que esa mayor disponibilidad de contenidos evitaría tener que contratar múltiples servicios que cuentan con contenidos en exclusividad, con lo cual se vería beneficiado si el costo del abono post fusión resultase menor a la suma de los dos abonos por separado.

Por otra parte, esta visión preocupada por la concentración deja de lado la existencia de otras plataformas que, aunque con modelos y formatos distintos, también ofrecen contenidos audiovisuales que compiten, quizás no tanto en similitud, pero sí claramente por el recurso escaso que es el tiempo de pantalla. En un mundo con YouTube, TikTok, Instagram y otros, donde las nuevas generaciones consumen menos contenidos tradicionales en video y buscan otros formatos y tipos de contenidos, la duda que surge es si realmente es tan peligroso que WBD sea adquirida por Netflix (o, en la misma línea, por Paramount). Alternativas hay, y varias. Y serán cada vez más relevantes en la medida en que se dé el recambio generacional. Por lo tanto, la concentración dentro del streaming no implica concentración del mercado audiovisual total.

Paradójicamente, mientras se discute quién compra a quién, la verdadera disrupción del sector avanza por otro carril. Teniendo en cuenta que los gremios involucrados (actores, locutores, técnicos, etc.) expresaron su preocupación ante la concreción de la venta, deberían estar más preocupados por el avance de la IA en la producción audiovisual. Esta está teniendo un impacto mucho más profundo e inmediato, aunque su neutralización es sin duda más compleja de lograr.

Más allá de la discusión de si la consolidación perjudica o no al consumidor en términos económicos, sí puede tener efectos culturales y geopolíticos que merecen atención. Resulta llamativo que entre las críticas a las posibles fusiones no se mencione un factor que podría considerarse, además de cultural, geopolítico. Es que la oferta de Paramount es en conjunto con fondos soberanos del Golfo Pérsico: el Fondo de Inversión Pública (PIF) de Arabia Saudita, la L’imad Holding Company de Abu Dabi y la Autoridad de Inversión de Qatar (QIA). Una alianza de tres vías inusual.

Esta decisión de unir fuerzas y adquirir una parte de lo que se considera una de las joyas de la corona de Hollywood subraya el interés de los estados del Golfo en activos que van desde la producción hasta el contenido, y su creciente influencia en los negocios globales. Estas inversiones son consistentes con la transición económica post-hidrocarburos del Golfo, que incluye deportes, gaming, turismo y medios. Para estos países, la inversión en entretenimiento es estratégica y de alta prioridad. Es que, de concretarse la oferta de Paramount, participar de esta operación les dará acceso a un canal de distribución cultural más potente que cualquier cadena de televisión, pero al mismo tiempo más sigiloso que cualquier campaña publicitaria. Se puede imaginar que, así como el Hollywood de la posguerra, además de ensalzar los valores estadounidenses de la época, eligió qué conflictos históricos representar, así como destacar a quiénes eran “los buenos” y a quiénes demonizar, como fue el caso de los nazis (no los alemanes) y los japoneses, en esta misma línea los capitales del Golfo podrían influir en cómo se retratan los conflictos, a quiénes se ensalza y a quiénes se demoniza, y qué valores se transmiten. Todo parte de una guerra cultural a escala global.

Hay que mencionar que la participación de estos inversores no incluye derechos de gobernanza, como asientos en la junta directiva o derechos de voto, lo cual, según Paramount, evitará la necesidad de la aprobación del Comité de Inversión Extranjera de EE.UU. Pero pensar que no tendrán influencia es pecar de ingenuos.

Para cerrar, un dato de color. Desde hace varios años, Warner Bros ha participado en varias megafusiones: con Time, con AOL, con AT&T y con Discovery. El factor común es que todas terminaron mal. Este historial negativo de integraciones previas no invalida la tendencia estructural a la consolidación. Sin embargo, sí alimenta la incertidumbre sobre la capacidad de gestión de los activos que se van acumulando en un escenario de cambio. ¿Se repetirá la historia?

Acerca del autor

Enrique Carrier

Analista del mercado de telecomunicaciones y nuevos medios, basado en Buenos Aires, Argentina

Por Enrique Carrier

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