El cable de la discordia

Esta semana escaló aceleradamente un conflicto entre los EE.UU. y Chile por el cable submarino que uniría a este último con China, vía Hong Kong, con la participación de un operador estatal chino. Un asunto con idas y vueltas que llevó a la revocación de visas a funcionarios chilenos y la amenaza de dar marcha atrás con el programa de Visa Waiver. No se trata de un conflicto circunscripto a lo que sucede del otro lado de Los Andes, sino que también es un endurecimiento de las políticas contra China que llevan adelante los EE. UU. en la región. Por lo tanto, lo que sucede y sucederá deberá ser registrado por funcionarios de otras administraciones.

Una rápida cronología: a fines de enero, el ministro de Transportes y Telecomunicaciones chileno firmó un decreto que otorgaba una concesión de 30 años a la empresa estatal China Mobile International para el proyecto Chile-China Express (CCE), destinado a unir Valparaíso con Hong Kong. Tras una alerta de seguridad de la Embajada de EE.UU. sobre riesgos para la infraestructura crítica, el gobierno chileno anuló el decreto apenas dos días después, citando “errores técnicos”. A pesar de este giro de 180°, los EE.UU. retiraron formalmente las visas al ministro de Transporte y Telecomunicaciones, al subsecretario de Telecomunicaciones y al jefe de gabinete de la subsecretaría, acusándolos de comprometer infraestructura crítica. Adicionalmente, el embajador de los EE.UU. sugirió que la insistencia en “cables chinos redundantes” ponía en riesgo la permanencia de Chile en el programa de exención de visas (Visa Waiver). Está claro que para la Casa Blanca, el proyecto CCE no es visto como una oportunidad comercial sino como una vulnerabilidad sistémica en el hemisferio occidental. En pocos días, Chile dejó de ser un mero espectador geográfico para convertirse en un nuevo campo de batalla digital en la guerra geopolítica entre EE.UU. y China.

En el marco de este conflicto, no puede dejar de considerarse el Proyecto Humboldt. Esta iniciativa, liderada por la empresa estatal chilena Desarrollo País y Google, busca construir el primer enlace directo de fibra submarina entre Sudamérica y Oceanía, conectando Valparaíso con Sídney (Australia). Se espera que el cable esté operativo entre el último trimestre de 2026 y principios de 2027. Para Washington, Humboldt es la ruta que hace “redundante” y peligrosa cualquier inversión china en el área sin afectar el rol de Chile como hub hemisférico, ya que desde allí habría conexiones a países vecinos, como Argentina. En otras palabras, si Humboldt representa el modelo occidental aprobado, el proyecto Chile-China Express (CCE), impulsado por un operador estatal chino, representaba el riesgo de una arquitectura digital paralela.

Para entender mejor la relevancia geopolítica de los cables submarinos hay que considerar que la historia del poder global siempre ha estado ligada al control de las rutas. Así como los puertos definieron la era mercantil y los ferrocarriles consolidaron los imperios del siglo XIX, hoy la infraestructura crítica estratégica incluye la fibra óptica transnacional. Es que quien controla el cable incide en el flujo: tiene la capacidad de interceptar, desviar o interrumpir la información. Por ello, la propiedad y gobernanza de estos cables se equipara hoy a la soberanía sobre rutas energéticas o pasos marítimos estratégicos.

Por otra parte, lo sucedido confirma la política de los EE.UU. hacia la región: una suerte de Doctrina Monroe 2.0. Algo que hizo Trump en el State of the Union, informe anual que el presidente de aquel país presenta ante una sesión conjunta del Congreso, que actúa como la plataforma política principal para establecer la agenda legislativa del año. En el mismo, en relación con Latinoamérica, dijo que “estamos restableciendo el dominio y la seguridad de Estados Unidos en el hemisferio occidental”. Adicionalmente, marca también el paso del soft power al hard power para influir en las acciones, intereses y voluntades en la región. Más allá de posturas a favor o en contra de esta política, lo concreto es que esta realidad hará cada vez más difícil mantenerse al margen de un escenario dicotómico y excluyente, algo que Argentina ha venido logrando hasta el momento. Sin embargo, el escenario se presenta menos permeable a terceras posiciones.

Acerca del autor

Enrique Carrier

Analista del mercado de telecomunicaciones y nuevos medios, basado en Buenos Aires, Argentina

Por Enrique Carrier

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