El fin de la inocencia

Pivotear es un verbo muy utilizado en el ámbito de las startups. Se trata de un cambio estratégico fundamental en el modelo de negocio, producto o mercado objetivo, que se realiza cuando la hipótesis inicial no valida la tracción esperada. No se lo considera un fracaso sino una corrección estructurada para poner a prueba una nueva hipótesis. O, dicho en términos más terrenales, una adaptación necesaria para sobrevivir y crecer.

Esto es lo que pasó con OpenAI y su producto Sora, concebido para generar imágenes y video a partir de texto. Sora tuvo un impacto inicial notable al prometer democratizar el cine y, al mismo tiempo, aterrorizar a Hollywood. Pero al cumplir dos años de vida, OpenAI decidió bajar la cortina de Sora. El elevado costo computacional que supone la generación de videos a gran escala comprometió su viabilidad a largo plazo. Sora no era un producto real sino solo un generador de clips (algunos interesantes, otros polémicos y mucha banalidad) que OpenAI no sabía cómo escalar sin dilapidar sus recursos.

Quizás a quien más afecte el cierre de Sora es a Disney, cuya relación con OpenAI llegó a un abrupto final. Apenas tres meses atrás, ambas empresas habían alcanzado un ambicioso y novedoso acuerdo que representaba una de las alianzas más importantes entre Hollywood y la tecnología de IA. El acuerdo contemplaba una inversión de US$ 1.000 M por parte de Disney en OpenAI, el licenciamiento de propiedad intelectual que permitía que los usuarios de Sora generaran videos utilizando personajes de las franquicias más valiosas de Disney, incluyendo Marvel, Pixar y Star Wars. Disney buscaba extender su alcance mediante el uso responsable de la IA generativa, contemplando la posibilidad de publicar algunos de los videos generados por los usuarios en su plataforma Disney+. Mientras tanto, embestía legalmente a competidores como Google, Meta o Midjourney para bloquear el uso no autorizado de su propiedad intelectual. El proyecto conjunto tuvo corta vida y no queda en claro si Disney intentará replicar este acuerdo con otra plataforma de IA.

El cierre de Sora está dentro del marco del “código rojo”, una iniciativa de emergencia interna impulsada por el CEO Sam Altman a fines del año pasado ante la intensa presión competitiva, especialmente por parte de Gemini 3, de Google, pero también de Claude, de Anthropic. Hasta entonces, el espíritu de OpenAI era el de disparar hacia múltiples direcciones, aunque sin apuntar a ninguna en particular: una plataforma de aplicaciones, un navegador, desarrollar el hardware sucesor del smartphone —de la mano del exdiseñador en jefe de Apple, Jony Ive—, publicidad, salud, compras, etc. Pivoteo mediante, OpenAI busca ahora enfocar sus esfuerzos en productividad empresarial, programación y robótica. A pesar de las enormes cifras de inversión que recibe, OpenAI ya no puede permitirse experimentos sin retorno.

OpenAI se encuentra en un lugar curioso. Su ChatGPT es, por lejos, el chatbot de IA más popular. Su valuación asciende a los US$ 850.000 M. Esto la convierte no sólo en la empresa no cotizada de mayor valuación de la historia, sino que la ubicaría alrededor del puesto 15º en un ranking global de capitalización de mercado. Sin embargo, todavía no muestra un modelo de negocio sólido y confiable que genere ingresos acordes a las inversiones realizadas y las previstas. Enfrente, sus competidores aparecen más enfocados. El cierre de Sora es un mensaje claro: la prioridad ya no es que la IA sea asombrosa, sino que sea rentable. Bienvenidos a la vida adulta.

Acerca del autor

Enrique Carrier

Analista del mercado de telecomunicaciones y nuevos medios, basado en Buenos Aires, Argentina

Por Enrique Carrier

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